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Crónica: Herrera, de la cima al barranco

A finales de 2013, la selección mexicana atravesaba una crisis que estuvo a punto de costarle el Mundial. Gracias a Estados Unidos, el Tri tenía la oportunidad de obtener el pase a Brasil vía repechaje contra Nueva Zelanda en una serie a dos partidos. Quién mejor que Miguel Herrera, en ese momento entrenador del campeón, goleador, espectacular América, para salvar a la selección.

Con su estilo abierto, dicharachero y con su buena relación con la prensa, Herrera logró el boleto a Brasil y dejó de ser el héroe del americanismo para convertirse en el hombre más buscado, más aplaudido, más vitoreado de la nación.

Ya en el Mundial, Herrera conformó un equipo unido y bien armado y logró actuaciones que ilusionaron a todo el país. Dominó y venció a Camerún; le empató al anfitrión Brasil, y le pasó por encima a Croacia. En octavos, a Holanda lo tuvo en un puño, pero un penalti inventado por el árbitro significó la debacle verde.

Con todo y la eliminación y el fracaso en el intento de llegar al quinto partido, Miguel Herrera fue aplaudido por la afición y respaldado por la Federación, que le dio un contrato hasta Rusia 2018. También llegaron contratos publicitarios al por mayor. Todo era felicidad.

En 2015, ya con más tiempo para hacerlo, Herrera debía preparar dos selecciones, una para Copa América y otra para Copa Oro. El Piojo, siempre echado para adelante, prometió llegar a la final en ambas competencias.

Ahí comenzaron las polémicas. Su sobreexposición en comerciales y un tuit en el que apoyó al Partido Verde el 7 de junio, día de los comicios en el país, le costaron críticas. En el torneo disputado en Chile, México quedó eliminado en la primera ronda y los cuestionamientos al trabajo de Herrera -que se dedicó a culpar a los árbitros- llegaron de todos lados, particularmente de un cronista, Christian Martinoli, de TV Azteca, quien dijo que el Piojo era “un porrista” y no un entrenador.

A su regreso de Chile, Herrera llamó “pendejo” al narrador y dejó señaló que esperaría para encontrarse con él y arreglar sus diferencias.

Llegó la Copa Oro y el fracaso en Copa América, obligaba a México a ganar y gustar. Se comenzó con un triunfo de 6-0 sobre Cuba, pero éste no era parámetro. Luego se empató sin goles contra Guatemala e igualó 4-4 contra Trinidad y Tobago. Las dudas y las criticas volvieron.

México superó los cuartos de final contra Costa Rica y las semifinales contra Panamá con poco futbol, con dudas y gracias a penaltis dudosos. Todos arremetieron contra el combinado de Miguel Herrera, que ya comenzaba a cambiar su sonrisa por un rostro apretado.

En la final, la selección venció 3-1 a Jamaica y se llevó su séptimo título de Concacaf. Todo parecía quedar atrás y Herrera regresaba al país con uno de los dos objetivos con los que salió de él. Pero un instante de calentura -no extraños en el entrenador- acabó con todo.

Herrera y su hija agredieron a Christian Martinoli y a Luis García, nota que dio la vuelta al mundo, y ese incidente fuera de la cancha fue más poderoso que cualquier alegría que el Piojo y su equipo pudieran dar a la afición dentro de la cancha.

Así, en un suspiro, Herrera pasó de ser el más alegre y el más buscado en 2014, a ser el más polémico y el más violento en 2015. Terminó su etapa al frente del Tri no por un fracaso ni por malos números -19 triunfos, 11 empates y 7 derrotas- sino por un problema de personalidad.


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